El vagabundo
Beatrix corría incesante, pasó rápido entre las calles abarrotadas de gente. Acababa de matar a un teólogo de la capital, había sido en defensa propia pero la justicia del imperio era implacable contra los asesinatos, y más aún contra las mujeres. Estuvo a punto de caerse una docena de veces, sabía que contaba al menos con una hora antes de que se corriera la voz. Había visto lo que les hacían a los asesinos, el día que llegó a la capital desde el norte había coincidido con un ajusticiamiento. Un montón de gente estaba alrededor del patíbulo cuando apedrearon a un viejo atado de pies y manos, le lanzaron piedras de todos los tamaños hasta que dejó de moverse. Le pareció cruel y despiadado, y ahora ese recuerdo solo le producía retortijones.
Estaba atardeciendo, sería de noche cuando los guardias comenzaran a peinar la ciudad. Además era probable que Berto la hubiera puesto de bruja, lo cual reforzaría la búsqueda con la ayuda de los inquisidores… Beatrix sabía que su jefa Marga podría darle cobijo y protección de los guardias, pero no de los inquisidores, estos eran especialistas en el arte de matar, morbosos soldados que disfrutaban persiguiendo y destruyendo a las personas que pensaban de forma diferente a ellos, además estaban dotados de permisos legales para matar inocentes en sus búsquedas de sectarios, brujas y otros tipos de personas a los que denominaban “infieles”.
Llegó por fin a su residencia, entró corriendo y a trompicones, abrió el armario y echó en la cama un saco abierto. Comenzó a llenarlo con un par de mudas, otro saco más pequeño que contenía pan, queso y algunas piezas de fruta, unos pergaminos limpios para escribir, unos cuantos libros, su material de cálculo y de escritura y por último un papel doblado varias veces y sellado con cera roja. Bajo sus párpados las lágrimas escapaban ávidas, acababa de arruinar su vida, sus padres no la querrían en casa, tendría que huir lejos y sola a un lugar donde quizá pudiera sobrevivir, donde quizá su hazaña no llegara a oídos de nadie. Maldita justicia del imperio… eso pensaba una y otra vez.
Cuando hubo terminado cerró la puerta despacio, escuchó una conversación abajo, una voz hosca y grave preguntaba a la amable recepcionista.
- ¿Conoce usted a esta muchacha?
- Me suena de algo – Mintió la recepcionista - ¿Por qué?
- Eso es información confidencial, ¿Se aloja aquí? – El tono del guardia comenzaba a ser amenazante.
- Si – Respondió tras unos segundos de silencio – Le llevaré a donde está.
El corazón de Beatrix latía a una velocidad de vértigo, hubo un momento que temió sufrir un paro cardíaco. No lo podía creer, estaba perdida, la recepcionista de su residencia la había traicionado. Se sentó en el suelo perdiendo la fuerza, ahora subirían, la encontrarían y la torturarían al amanecer, quizá la lapidaran o algo peor… Escuchó los pasos en la escalera, pero no estaban subiendo, estaban bajando. La recepcionista había intuido lo que sucedía y le estaba dando la oportunidad de escapar. Beatrix no la desaprovechó, bajó las escaleras hasta la entrada con paso silencioso y el corazón acelerado. Se asomó a la puerta y vio que ya había oscurecido, salió de la posada y corrió. Corrió hacia ninguna parte como alma que lleva el diablo, callejeó buscando una salida, una forma de escapar. Corrió durante media hora hasta que ya no pudo más y cansada se apostó al lado de un cubo de basura, sucia y mojada por el sudor.
Solo iba a tomar aliento durante cinco minutos y después seguir corriendo, pero sus planes se vieron frustrados. Oyó pasos cerca, dos pares de botas que intercambiaban frases.
- De todos los lugares hay en la capital, nos ha tenido que tocar rastrear los arrabales…
- Desde luego, pero anímate, si la encontramos antes que esos inquisidores los aumentarán el rango, ¿De qué se le acusa, por cierto?
- Ha matado a Dieter, el hijo de Nuñez.
- ¿El líder inquisidor? Esa chica está perdida.
Beatrix mantenía su mano apretada fuertemente contra su boca, con miedo de respirar demasiado alto. Su nerviosismo la hacía temblar, su presión en ese instante la hacía marearse.
- ¿No oyes algo?
- Sí, creo que viene de ahí – Dijo señalando el contenedor.
La joven los escuchó acercarse con paso ligero y silencioso, se oían las botas de cuero sobre el húmedo suelo y los repiqueteos de los arcabuces al recargar. Casi podía oír su respiración cuando de repente una mancha salió del contenedor a una velocidad de vértigo produciendo un sonido similar al siseo de una serpiente. Con el vello erizado y el lomo arqueado se hallaba un enorme gato negro que clavaba sus ojos claros en los guardias.
- Solo es un gato.
- Gata, mi gata – Una figura salió doblando una esquina de la calle, un hombre de estatura media con una barba descuidada de color grisácea y unos dientes descolocados y amarillentos. – No es una gata cualquiera, es muy lista – El vagabundo se acercó, pasó al lado de Beatrix sin desviar su vista para mirarla, aunque estaba claro que la había visto, desde la otra dirección nada la ocultaba. Vestía ropas de cuero mugrientas y hechas jirones, un sombrero de ala larga roído y portaba un palo de roble que utilizaba a modo de bastón – Si les interesa puedo vendérsela.
- Y un mendigo – Suspiró el otro guardia.
- Por favor, prefiero que me llamen trotamundos.
- Si claro, lo que quieras, escucha, ¿Has visto a una chica bajita de ojos violetas?
- He visto muchas chicas bajitas de ojos violetas a lo largo de mi vida, caballero. Me temo que tendrá que concretar más – El vagabundo hablaba con una elegancia, una educación y una el gracia fuera de lo normal, envidiable incluso para algunos nobles.
- Me refiero recientemente, viejo idiota.
El vagabundo no se inmutó pese a los insultos. Fingió meditar unos instantes mientras se apoyaba en el contenedor, a pocos centímetros de la invisible cabeza de Beatrix para los guardias.
- Ya lo recuerdo, estaba huyendo dirección al norte. Pasó hace pocos minutos por estas calles, llevaba un saco colgado a su espalda y corría con nerviosísimo.
Los dos guardias se dieron la vuelta con gesto hosco y comenzaron a caminar en la dirección indicada. Cuando los pasos dejaron de oírse el vagabundo susurró sin moverse.
- Ya puedes salir, se han ido.
La joven se irguió temerosa, sus ojos se cruzaron con los del mendigo e hizo una rápida reverencia como gesto de gratitud. Se rebuscó en los bolsillos y sacó una moneda de plata reluciente, la puso en la mano del viejo y le cerró los dedos.
- Por favor, me estás insultando joven – Dijo mientras le devolvía la moneda – No necesito dinero. ¿No puedes hablar?
Beatrix abrió los ojos como platos, hacía ya varios años que no pronunciaba una palabra, pero la gente siempre tardaba más en darse cuenta.
- Veo que llevo razón, por suerte no hace falta que me cuentes que sucede, he oído a esos dos guardias.
La joven tenía miedo de que pensara que era una asesina, quería explicarle los motivos, la escena, los porqués, todo. Pero no podía hablar. Como si le hubiera leído la mente el vagabundo habló.
- Te intentó agredir, violar o algo peor, ¿No es cierto? Y le mataste sin querer.
Beatrix asintió con fuerza con gesto de alivio en su cara.
- Me llamo Félix, pero mis amigos me llaman El Gato. También soy un enemigo del imperio, ven conmigo. Voy a ayudarte a salir de aquí.
Con un silbido del vagabundo, la gata bajó del contenedor y se apresuró a seguirles. No habían avanzado más de cuatro pasos cuando volvieron a escuchar los rotundos pasos que se acercaban.
- Oye, ¿Por dónde has dicho que se ha id…? – La pregunta murió en los labios del guardia al ver a la chica.
Un silbido retumbó en el ambiente y la gata se lanzó a la velocidad del rayo hacia la cara del guardia, Félix corrió también hacia el pero el gato fue más rápido, el guardia aullaba de dolor al sentir las duras garras de la gata negra hundirse en su rostro tratando de acertar en los ojos, sus gritos atrajeron al otro guardia pero Félix estaba esperándole y lanzó un potente golpe con su bastón dirección a la cara del guardia. Por desgracia para él, los guardias parecían estar mejor entrenados últimamente y tuvo los reflejos suficientes para agacharse mientras desenvainaba el sable. Su compañero seguía aullando de dolor, moviéndose sin rumbo y chocando con todos los obstáculos que había en el callejón mientras trataba de quitarse el animal de encima.
- Viejo idiota, no eres rival para un soldado del imperio. – El guardia le lanzó una estocada, pero Félix era ágil y fuerte para su edad. Se agachó al tiempo que la espada le cortaba el pico del gorro como si fuera de mantequilla. Félix lo notó antes de subir.
- Joder, es mi sombrero favorito – Cerró el puño y subió con fuerza propinándole un gancho en la barbilla. El guardia se mordió la lengua y de su boca brotó sangre.
El vagabundo no perdió la oportunidad, le asestó una patada en el estómago seguida de un rodillazo en mitad de la cara. Se le desprendió el arcabuz. Félix lo agarró con ambas manos y apuntó al guardia caído, pero algo llamó su atención.
- Condenado animal… - El guardia se había deshecho de la gata y la tenía agarrada contra la pared con la espada desenvainada. El felino trataba de desenvolverse de la fuerte mano del guardia pero sus intentos resultaron frustrados.
- ¡No! – Gritó Félix girando sobre sí mismo y cambiando el objetivo de la bala, que salió disparada con una fuerte explosión y se introdujo por el oído del guardia. La gata se liberó fácilmente de la mano inerte.
En ese instante, el soldado ensangrentado que estaba en el suelo propinó una patada en la espinilla a Félix, por mucha experiencia que tuviera el vagabundo en peleas callejeras, estaba enfrentándose a un hombre veinte años más joven y adiestrado en el combate. Félix cayó al suelo con un gesto de dolor, el guardia extrajo su espada de nuevo y asestó un tajo. El vagabundo interpuso la pierna y el soldado abrió una herida profunda en la misma, Félix aulló de dolor.
- Y ahora, muere – El soldado estaba en posición de ensartarlo con la espada y al punto de bajarla con fuerza y abrir el vientre del vagabundo.
Un disparo sonó en el callejón, retumbó en las paredes de ladrillo y el eco pareció extenderse infinitamente. El guardia se miró el pecho ensangrentado y abierto a causa de una bala, calló hacia atrás con un sonido sordo. Félix miró hacia detrás y vio el rostro más pálido de lo normal de la joven de ojos lilas, esta con la mirada perdida soltó el arcabuz que había recogido cuando el vagabundo cayó al suelo, y se arrodilló sobrecogida por lo que acababa de pasar, sin fuerzas.
- Pensé que ibas a tardar más en devolverme el favor joven. – Dijo el vagabundo mientras se levantaba cojeando. La gata maulló y se le subió al hombro.
La joven dejó escapar una lágrima bajo el párpado. Había matado a otra persona.
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lunes, 2 de noviembre de 2009
La estudiante
La Estudiante
La universidad estaba plagada de gente, los estudiantes, ataviados con túnicas caminaban en grupos por los vetustos y bien iluminados pasillos. La diversidad de las ciencias que se aplicaban allí se hacía notar en el ambiente, había personas con herramientas, otras con material de escritura, algunas con instrumentos de disección y solo algunos de ellos con astrolabios y mapas del cielo. La astronomía y la física tenían fama de ser las más difíciles además de las más inútiles, lo que estaba de moda era estudiar ingeniería o metalurgia y de ese modo servir en la guerra, pero no era eso lo que pensaba nuestra amiga.
Beatrix tenía quince años y era la única chica que estudiaba física y astronomía. Su clase era poco numerosa y entre los alumnos que no venían nunca, los que desistían a causa de la dificultad y los que iban a clases a dormir se podía decir que era la única persona de su clase. Beatrix tenía los el pelo castaño oscuro, caído hacia una parte de la cara y corto, cosa que entre las chicas de la época no estaba muy de moda. Sus ojos eran de color lila, un rasgo extraño y en ocasiones de mal presagio que se estaba perdiendo a lo largo de la historia. Entre su corta estatura, su pelambrera descuidada y corta, el color de sus ojos y el hecho de ser la única chica científica era el blanco de demasiadas burlas.
La joven trabajaba durante la tarde como copista, ya que en el viejo mundo la gente no solía saber escribir le resultó fácil encontrar el trabajo, trabajaba dos horas diarias y el sueldo le llegaba para pagar su residencia, su comida y poco más.
Los profesores solían tenerle aprecio aunque no demasiado, en una sociedad machista como la de aquel entonces que una mujer estudiara y que además fuera la alumna número uno no estaba bien visto. Por otro lado y desgraciadamente, había compañeros de otras carreras que estaban encantados de ver a una chica por esos lugares, demasiado encantados.
- Eh, Beatrix – Cada dos por tres oía ese nombre por el pasillo. – Ven a mi residencia después de clase, ¿No? – Un brazo se le paso fuerte y pesado en torno a los hombros. Beatrix alzó sus ojos violáceos y vio la cara enjuta y aguileña de Dieter, uno de los alumnos de teología. Quiso negarse de malas maneras pero la interrumpieron.
- Vamos Dieter, ¿Compártela no? – Un segundo brazo se deslizó bajo su manga mientras una mano seca y sudorosa aferraba la suya. Beatrix miró al acompañante de su izquierda y descubrió a Berto, el compinche de Dieter.
- Que dices Beatrix, ¿Te vienes a pasar un buen rato con nosotros? – El nerviosismo comenzaba a afectarle, quería deshacerse de los dos, pero la tenían agarrada fuertemente y la mano de Dieter se deslizaba por el cuello de la muchacha. Ella cerró los ojos y apretó los dientes cuando las sudorosas zarpas de Berto le apretaron las mejillas. Dieter se acercaba a ella. – Vamos, dame un besito, lo bueno comenzará después. – La arrastraban poco a poco hacia los baños, estuvo allí antes de darse cuenta. – Berto vigila por si viene alguien – la rechoncha y repugnante figura de Berto se asomó por la rendija de la puerta.
Beatrix comenzaba a respirar aceleradamente, en alguna ocasión había hecho el amago de gritar, pero el nerviosismo y el terror le pudieron.
- No viene nadie. Desnúdala. – Al oír esto, la joven comenzó a patalear y a moverse violentamente mientras boqueaba, pero los enjutos brazos de Dieter eran más fuertes. Comenzó por aprisionarle un brazo, con el otro le agarró del pelo, le arañó, le golpeó pero Dieter seguía riendo como un psicópata. Las lágrimas corrían por el rostro de Beatrix, su mano libre recorrió la pared en busca de algo y halló una anilla de hierro para agarrarse incrustada débilmente en la pared.
Berto miraba el espectáculo entretenido.
- Empuja pedazo de puta, empuja – gritaba Dieter presionándola contra la pared aún con los calzones abrochados.
Beatrix gemía de dolor y miedo, agarró la anilla con todas sus fuerzas, estaba oxidada y raspaba pero aun así tiró de ella con fuerza, la gravilla del azulejo se desprendió cuando comenzó a ceder hasta que al final logró sacarla con un fuerte tirón. Por inercia, fue a estrellarse contra la sien de Dieter haciéndole caer al suelo. Berto se había quedado atónito y la joven estaba paralizada de terror, Dieter estaba en el suelo, inerte como un despojo con su cabeza rodeada por un charco de sangre.
- Asesina… ¡Asesina! ¡Voy a denunciarte a los cazadores de brujas! – Berto salió del baño corriendo y pidiendo auxilio.
Beatrix tras unos segundos reaccionó y corrió. Notaba la adrenalina fluyendo por sus venas, bajó la escalera al punto de caerse, abrió la puerta y corrió, corrió asustada sin saber a dónde ir. Acababa de matar a una persona.
La universidad estaba plagada de gente, los estudiantes, ataviados con túnicas caminaban en grupos por los vetustos y bien iluminados pasillos. La diversidad de las ciencias que se aplicaban allí se hacía notar en el ambiente, había personas con herramientas, otras con material de escritura, algunas con instrumentos de disección y solo algunos de ellos con astrolabios y mapas del cielo. La astronomía y la física tenían fama de ser las más difíciles además de las más inútiles, lo que estaba de moda era estudiar ingeniería o metalurgia y de ese modo servir en la guerra, pero no era eso lo que pensaba nuestra amiga.
Beatrix tenía quince años y era la única chica que estudiaba física y astronomía. Su clase era poco numerosa y entre los alumnos que no venían nunca, los que desistían a causa de la dificultad y los que iban a clases a dormir se podía decir que era la única persona de su clase. Beatrix tenía los el pelo castaño oscuro, caído hacia una parte de la cara y corto, cosa que entre las chicas de la época no estaba muy de moda. Sus ojos eran de color lila, un rasgo extraño y en ocasiones de mal presagio que se estaba perdiendo a lo largo de la historia. Entre su corta estatura, su pelambrera descuidada y corta, el color de sus ojos y el hecho de ser la única chica científica era el blanco de demasiadas burlas.
La joven trabajaba durante la tarde como copista, ya que en el viejo mundo la gente no solía saber escribir le resultó fácil encontrar el trabajo, trabajaba dos horas diarias y el sueldo le llegaba para pagar su residencia, su comida y poco más.
Los profesores solían tenerle aprecio aunque no demasiado, en una sociedad machista como la de aquel entonces que una mujer estudiara y que además fuera la alumna número uno no estaba bien visto. Por otro lado y desgraciadamente, había compañeros de otras carreras que estaban encantados de ver a una chica por esos lugares, demasiado encantados.
- Eh, Beatrix – Cada dos por tres oía ese nombre por el pasillo. – Ven a mi residencia después de clase, ¿No? – Un brazo se le paso fuerte y pesado en torno a los hombros. Beatrix alzó sus ojos violáceos y vio la cara enjuta y aguileña de Dieter, uno de los alumnos de teología. Quiso negarse de malas maneras pero la interrumpieron.
- Vamos Dieter, ¿Compártela no? – Un segundo brazo se deslizó bajo su manga mientras una mano seca y sudorosa aferraba la suya. Beatrix miró al acompañante de su izquierda y descubrió a Berto, el compinche de Dieter.
- Que dices Beatrix, ¿Te vienes a pasar un buen rato con nosotros? – El nerviosismo comenzaba a afectarle, quería deshacerse de los dos, pero la tenían agarrada fuertemente y la mano de Dieter se deslizaba por el cuello de la muchacha. Ella cerró los ojos y apretó los dientes cuando las sudorosas zarpas de Berto le apretaron las mejillas. Dieter se acercaba a ella. – Vamos, dame un besito, lo bueno comenzará después. – La arrastraban poco a poco hacia los baños, estuvo allí antes de darse cuenta. – Berto vigila por si viene alguien – la rechoncha y repugnante figura de Berto se asomó por la rendija de la puerta.
Beatrix comenzaba a respirar aceleradamente, en alguna ocasión había hecho el amago de gritar, pero el nerviosismo y el terror le pudieron.
- No viene nadie. Desnúdala. – Al oír esto, la joven comenzó a patalear y a moverse violentamente mientras boqueaba, pero los enjutos brazos de Dieter eran más fuertes. Comenzó por aprisionarle un brazo, con el otro le agarró del pelo, le arañó, le golpeó pero Dieter seguía riendo como un psicópata. Las lágrimas corrían por el rostro de Beatrix, su mano libre recorrió la pared en busca de algo y halló una anilla de hierro para agarrarse incrustada débilmente en la pared.
Berto miraba el espectáculo entretenido.
- Empuja pedazo de puta, empuja – gritaba Dieter presionándola contra la pared aún con los calzones abrochados.
Beatrix gemía de dolor y miedo, agarró la anilla con todas sus fuerzas, estaba oxidada y raspaba pero aun así tiró de ella con fuerza, la gravilla del azulejo se desprendió cuando comenzó a ceder hasta que al final logró sacarla con un fuerte tirón. Por inercia, fue a estrellarse contra la sien de Dieter haciéndole caer al suelo. Berto se había quedado atónito y la joven estaba paralizada de terror, Dieter estaba en el suelo, inerte como un despojo con su cabeza rodeada por un charco de sangre.
- Asesina… ¡Asesina! ¡Voy a denunciarte a los cazadores de brujas! – Berto salió del baño corriendo y pidiendo auxilio.
Beatrix tras unos segundos reaccionó y corrió. Notaba la adrenalina fluyendo por sus venas, bajó la escalera al punto de caerse, abrió la puerta y corrió, corrió asustada sin saber a dónde ir. Acababa de matar a una persona.
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